El jengibre proviene del sur de Asia, y entre sus componentes se destacan los ácidos alfa linolénicos, ascórbico y aspártico, fibras, aceites esenciales, aminoácidos y minerales como el manganeso, cromo, zinc, silicio y fósforo.

Por ello ha sido empleado con fines medicinales y culinarios desde hace miles de años. Por ejemplo, las culturas hindúes y chinas lo utilizaban para aliviar molestias digestivas.

Tradicionalmente, el jengibre se ha empleado para tratar las afecciones intestinales, especialmente aquellas relacionadas con problemas digestivos. Los estudios sostienen que el consumo de esta planta, al estimular el páncreas, aumentaría la producción de enzimas que favorecen la digestión y evitan la aparición de efectos secundarios relacionados con una mala absorción.

De igual manera su poder antibacteriano resulta eficaz para prevenir numerosos problemas intestinales que se producen por alteraciones de la flora intestinal.

El jengibre constituye un buen recurso para favorecer la circulación sanguínea, debido a que ayuda a disolver los trombos de las arterias y disminuye los niveles de colesterol en la sangre.

Además es una planta ideal para emplear durante el invierno, porque que resulta un valioso aliado para el sistema respiratorio y puede protegerlo de los síntomas de la gripe, el resfriado o la sinusitis.

Su poder antibacteriano es eficaz para eliminar el Helicobacter pylori, una bacteria que infecta el mucus del epitelio estomacal humano. Asimismo, su consumo resulta útil para neutralizar el exceso de ácido gástrico, otra de las causas que favorece la aparición de úlceras.

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