Cuando hurgamos en los escaparates buscando el champú que se adapte a nuestras necesidades no tenemos ni idea,  y me incluyo, de los largos años que se necesitan para estar allí, al alcance de nuestra mano.

El cabello tiene una vida de aproximadamente cinco años, después cae y es reemplazado por otro. El estudio y análisis de la fibra capilar y de la raíz, es lo primero que hacen los investigadores para crear una sustancia activa que resuelva un problema concreto.

El encargado de laboratorio Dr. Silke Wendicke explica, “en primer lugar, se trabaja sobre lo que el consumidor quiere y en lo que realmente necesita. Se crean unas 200 fórmulas diferentes para un único producto final”.

Cuando se encuentra la adecuada, se prueba en tubos de ensayo, para verificar si puede acarrear problemas alérgicos. Una vez pasada esta fase, en el laboratorio se añaden los elementos que diferenciarán unos de otros.

“De forma general, los champús contienen agentes limpiadores, agentes de cuidados para el cabello y, según el objetivo y el producto deseado, se añaden sustancias activas especiales que nos permitirán obtener efectos precisos. También añadimos conservantes, sal para ajustar la viscosidad y por supuesto perfume para la fragancia final.”

“Cuando se encuentra una nueva fórmula, probamos su eficacia con medidas físicas. Pero por supuesto, también debemos asegurarnos de que esta eficacia es medible por el consumidor, ya que podemos medir bien las cosas, pero si el consumidor no las siente, el producto no es bueno.”

Las “catadoras” intervienen ahora para probar el producto final, “realizamos las pruebas de compatibilidad cutánea de nuestras materias primas y de la fórmula final. Para las pruebas de alergia, siempre realizamos pruebas in vitro e in vivo en voluntarios. Nos aseguramos de que siempre tenemos la mejor tolerancia para nuestras materias primas y nuestras fórmulas.

Una vez realizados estos tests el producto está listo para su elaboración a gran escala, y su posterior envasado, proceso que ha llevado siete años.