Fue y sigue siendo un ícono en una época en que las mujeres sólo servían de adorno, una auténtica y visionaria empresaria que tuvo que luchar con los prejuicios de su generación para conseguir sus objetivos.

Nació en 1872 en Cracovia, Polonia, en una familia humilde con ocho hermanos menores. Quiso estudiar medicina, pero la enviaron a casa de unos parientes en Australia. En su equipaje había puesto doce tarros de una crema cuyos ingredientes eran un legado familiar, y que su madre le había obsequiado.

Era tan hermosa su piel, que las mujeres la atribuyeron al uso de la crema que había llevado desde Polonia, y tuvo tanto éxito, que la llamó Valaze y la comercializó utilizando los periódicos; consiguiendo en dos años una cuantiosa ganancia.

Gracias a esos beneficios abrió su primer centro dedicado a la belleza, y lo llamó Beauty Valace, pero al poco tiempo lo dejó a cargo de su hermana, para viajar a Europa.

Buscaba información y conocimiento, que encontró en su consulta con especialistas de la cosmética, la dermatología y la nutrición, conociendo los distintos tipos de piel y las necesidades que tenía cada una.

Tenía la intención de abrir otro centro en Paris, pero el inicio de la guerra la llevó a Estados Unidos, donde en 1931, se había transformado en la mujer más rica de América, y en los años cincuenta, su imperio contaba con catorce fábricas y más de 40.000 trabajadores.

Entre sus frases célebres destaca la siguiente: “No hay mujeres feas, ¡solo mujeres perezosas!”.