Los electrolitos proceden de las sales minerales que, al disolverse en agua, se separan (se ionizan), es decir, se cargan eléctricamente. Estos electrolitos adquieren carga positiva, como ocurre con el calcio, el sodio y el potasio; o negativa, como ocurre con el cloro.

Las sales minerales no pueden ser fabricadas por el organismo, por eso deben adquirirse a través de los alimentos y el agua. De hecho, tomar líquidos en cantidades suficientes es importante, ya que regula la disolución adecuada de las sales y facilita que los electrolitos puedan fluir por todo el organismo y ejerzan funciones que resultan vitales para nuestra salud, como fortalecer los huesos, en el caso del calcio, o transportar el oxígeno a las células, como ocurre con el hierro.

Los electrolitos, al disolverse en los distintos líquidos del organismo, ayudan también a su equilibrio hídrico, que puede verse descompensado por un exceso de sudor, orina o heces.

El balance de electrolitos debe mantenerse por vía oral como parte de una terapia de rehidratación. Combinados con glúcidos, mejoran la resistencia física y la potencia de los músculos.

Aceleran la recuperación de los tejidos y músculos tras la realización de actividades físicas de cualquier intensidad. Son esenciales en la contracción muscular para movilizar la energía de las células y realizar la mayoría de las funciones metabólicas.

Ayudan a rehidratar en caso de diarrea, en la que se da una pérdida significativa de líquidos y minerales. Por último favorecen el buen funcionamiento de todo el organismo, desde la lubricación de las articulaciones al rendimiento del sistema nervioso.